A ginger tabby cat stretches gracefully on a wooden fence, surrounded by lush greenery.

La paradoja del estiramiento: cuanto más tiras, menos flexible te vuelves

El otro día, en una clase de Yoga Somático, estábamos explorando cómo equilibrar la musculatura de las piernas cuando una alumna hizo una pregunta que detuvo la práctica por completo.

—Yo tengo acortada la musculatura de la parte posterior del muslo. ¿No debería mantener el estiramiento hasta que se flexibilice?

Probablemente la pregunta no te resulte extraña. De hecho, es muy posible que te parezca lógica.

Nos han enseñado que cuando un músculo está rígido hay que estirarlo. Que cuanto más estiremos, más flexibles seremos. Y rara vez nos detenemos a cuestionar esta idea.

Sin embargo, una de las cosas que más me interesa cultivar en mis clases es que la esterilla se convierta en un laboratorio. Un lugar donde podamos observar, experimentar y cuestionar incluso aquello que creemos saber sobre nuestro cuerpo. Porque no todas las personas tenemos la misma historia corporal. Ni la misma estructura. Ni las mismas necesidades.

Así que aquel día decidí parar la secuencia y explorar la pregunta.

¿Qué ocurre realmente cuando sentimos un estiramiento?

Para entenderlo conviene entender cómo funciona el mecanismo de contracción muscular y lo que regula que no se rompan las fibras. Te lo explico de manera sencilla:

Los músculos se encargan de articular los huesos y para ello cambian continuamente de longitud. Las fibras musculares se deslizan acortando su longitud y se deslizan para recuperar la longitud máxima cuando se relajan, adapándose a las demandas que reciben.

Y el sistema nervioso supervisa constantemente ese proceso. Tiene mecanismos que protegen la integridad de la musculatura cuando perciben que una zona está siendo llevada más allá de lo que considera seguro, y se activa de manera refleja para evitar daños. Este es el reflejo miotático del músculo. Para evitar que las fibras se rompan, cuando detecta la sensación de estiramiento se contrae más fuerte.

Por eso muchas veces, cuanto más intentamos forzar un estiramiento, más resistencia encontramos.

Así que propuse un experimento.

Les pedí que repitieran el movimiento, pero esta vez prestando atención al momento exacto en que aparecía la sensación de estiramiento.

Y que se quedaran justo antes.

Sin forzar.

Sin empujar.

Sin luchar contra el cuerpo.

Simplemente escuchando.

Lo interesante es lo que ocurre después de hacer esto: Al entrar y salir suavemente de la postura, el límite comienza a desplazarse por sí solo. Donde antes aparecía tensión, empieza a aparecer espacio. Donde antes había esfuerzo, comienza a haber facilidad. Y esto sucede al dejar de empujar al cuerpo. Sucede porque el cuerpo está encontrando una forma más segura de relajarse.

Este proceso tiene un nombre, se le llama pandiculación.

Y no es algo que nos hayamos inventado las personas que trabajamos con el movimiento, sino algo que observamos constantemente en la naturaleza:

Lo hacen los gatos al despertarse.

Lo hacen los perros después de descansar.

Lo hacemos nosotros cuando bostezamos y sentimos que todo el cuerpo participa en ese gesto.

Una pandiculación es, en cierto modo, un bostezo corporal. Una forma de contraer, sentir y soltar conscientemente el cuerpo para que el sistema nervioso recuerde el camino de regreso a la relajación cuando lo activamos.

Y aquí aparece una idea que me parece fascinante:

Quizá la flexibilidad no sea una cualidad que dependa únicamente de los músculos. Quizá dependa más bien de la sensación de seguridad que experimenta nuestro sistema nervioso al moverse. Como si detectara lo habil que eres (o no) moviéndote para no dañarte.

Porque los músculos se especializan en aquello que hacemos cada día: las posturas que repetimos; los movimientos que utilizamos; los hábitos que mantenemos durante años… Se vuelven tan eficientes en esas tareas que se quedan pre-tensados para responder antes y terminan por olvidan cómo descansar por completo. Olvidan cuál era su longitud máxima y, es más, asocian la sensación de descanso a ese estado pre-tensado.

Y quizá gran parte del trabajo somático consista precisamente en eso: Recordarle al cuerpo algo que ya sabe. Mostrarle caminos que no necesita aprender, sino recordar.

Por eso, cada vez confío menos en las instrucciones universales y más en la capacidad de observar lo que ocurre dentro.

Porque el cuerpo no siempre necesita que le digamos qué hacer, sino que bajemos el volumen de la mente para volver a escucharlo.

María Martin Montero
Escrito por
María — M3Yoga
Profesora de Yoga y Movimiento Somático. Acompaño a personas que desean recuperar movilidad, sensibilidad y confianza en su cuerpo a través del movimiento consciente.



Durante el mes de julio abriré un recorrido práctico de movimiento somático inspirado en estas ideas.
Un espacio para explorar, desde la experiencia cómo recuperar movilidad, sensibilidad y libertad corporal.

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