¿Realmente envejecemos o dejamos de sentir partes de nuestro cuerpo?

Hay personas de 70 años que se mueven con una agilidad y ligereza sorprendente y personas de 30 que sienten que su cuerpo se ha vuelto rígido, limitado y pesado. 

Pero: ¿hasta qué punto lo que le atribuimos a envejecer es realmente consecuencia de la edad?

He escuchado cientos de veces decir a personas mayores que yo: “a mi edad te duele todo”, “me duelen las rodillas porque es hereditario en mi familia”, “se me queda enganchada la cadera, pero a mi edad es normal, no?”, “ya verás cuando llegues a los 60…” como si cumplir años fuera necesariamente ligado a que vas a ir coleccionando un rosario de dolencias y limitaciones.

En España, según la Encuesta de Salud de 2023: Entre 1 de cada 5 personas de entre 45 y 54 años tiene dolor lumbar crónico. Y a partir de los 55 la cifra sube a 1 de cada 3. Si incluimos episodios ocasionales o recurrentes de dolor de espalda, los porcentajes son mucho mayores. Diversos estudios encuentran que alrededor de 40-60% de las personas de más de 40 años han tenido dolor de espalda durante los últimos meses o el último año. 

Y es que los achaques de la edad no perdonan…

o eso nos hemos creído. Que con la edad llega la rigidez, la espalda se deteriora, las caderas se bloquean, el cuello se tensa, caminar cuesta más…

Hemos asumido que estas cosas están ligadas a envejecer de manera inevitable como un hecho indiscutible, como la Ley de la Gravedad.

Pero ¿y si le estamos echando la culpa a la edad y en realidad es otra cosa?

Hace años descubrí el trabajo de Thomas Hanna, filósofo, investigador y creador de la Educación Somática. Una de sus propuestas más interesantes fue precisamente el cuestionamiento de la idea de que muchas limitaciones físicas son simplemente consecuencia de la edad.

Thomas Hanna propuso que nos movemos en base a patrones neuromusculares aprendidos y fijados en nuestro sistema nervioso a través de la repetición. Los movimientos que nos resultan útiles los repetimos una y otra vez hasta convertirlos en hábitos. Y cuanto más repetimos un patrón, más eficiente se vuelve nuestro cerebro al ejecutarlo.

El problema es que esa eficiencia tiene un precio: Algunos músculos permanecen parcialmente contraidos para responder más rápido a las demandas habituales de nuestra vida. Poco a poco, esa tensión deja de ser algo puntual y pasa a formar parte de nuestro estado habitual.

Llega un momento en el que ya no percibimos el esfuerzo que estamos haciendo, lo sentimos como normal. La tensión se vuelve familiar. Y cuando algo se vuelve familiar, dejamos de cuestionarlo. Hanna llamó a este fenómeno amnesia sensoriomotora: la pérdida de la capacidad de sentir y controlar conscientemente determinadas zonas y patrones de nuestro cuerpo.

La consecuencia es sencilla de entender: Si una zona del cuerpo duele, tendemos a moverla menos > cuando la movemos menos, empezamos también a sentirla menos > al mismo tiempo, otras partes del cuerpo asumen el trabajo que esa zona ha dejado de hacer > aparecen compensaciones > aparecen nuevas tensiones.

Y poco a poco vamos organizando nuestra forma de movernos alrededor de esas limitaciones. Es como si algunas habitaciones de nuestra casa corporal quedaran cerradas durante años. Siguen ahí, pero hemos dejado de utilizarlas. Recuperar el movimiento natural pasa por volver a sentir. Porque solo podemos utilizar aquello que somos capaces de percibir.

En los años que llevo acompañando cuerpos a través del Movimiento Somático, he visto como las personas recuperaban movilidad sin estirar.

He sido testigo de como el cuerpo de una mujer que había olvidado completamente lo que sabía hacer, por haber sufrido un ictus, no solo recordaban el movimiento sano de antes del evento, sino que desarrollaban movimientos que no habían llegado a ejercitar cuando era bebé.

He acompañado a personas que no podían mover apenas los hombros a levantar los brazos por encima de la cabeza; a una mujer que habían perdido la funcionalidad del arco del pie y que apenas podía caminar a sus casi 70 años a poder viajar y hacer excursiones a las pirámides y al desierto en Egipto o a subir al Sacromonte de Granada; a mujeres de más de 65 años que no eran capaces de levantarse del suelo a hacerlo sin usar las manos;…

Entonces, ¿qué significa realmente envejecer?

Después de observar estos procesos durante años, me cuesta seguir creyendo que el envejecimiento corporal sea únicamente una cuestión de edad.

No estoy diciendo que el paso del tiempo no deje huella. La deja. Los tejidos cambian, la recuperación puede requerir más tiempo, la masa muscular disminuye si no la utilizamos…Y nuestras estructuras corporales reflejan décadas de uso … y también de desuso.

Sin embargo, hay algo que observo constantemente en las clases: el movimiento parece devolver vida a zonas que creíamos perdidas. He comprobado una y otra vez que muchas de las limitaciones que damos por inevitables responden a algo mucho más modificable: la forma en que nos movemos, la forma en que sentimos y la forma en que nuestro sistema nervioso organiza el cuerpo.

El movimiento favorece la hidratación y nutrición de los tejidos. Las articulaciones, por ejemplo, dependen en gran medida del movimiento para intercambiar nutrientes y mantener su capacidad de adaptación. Quizá por eso la inmovilidad y la rigidez terminan acelerando procesos que solemos atribuir exclusivamente a la edad.

Y quizá parte de lo que llamamos envejecimiento corporal tenga más que ver con hábitos neuromusculares acumulados durante años que con los años que figuran en nuestro DNI.

Quizá algunas capacidades no desaparecen, quizá simplemente olvidamos que están disponibles para nosotros. Como una habitación de la casa cuya puerta lleva años cerrada. No porque la habitación haya desaparecido, sino porque hemos dejado de entrar en ella.

Entonces, tal vez la pregunta adecuada no sea cuántos años tiene nuestro cuerpo sino cuánto de él seguimos siendo capaces de sentir y cuánto de aquello que creemos perdido sigue esperando ser recordado.

Porque mientras exista capacidad de sentir, existe capacidad de aprender y mientras exista capacidad de aprender, sigue existiendo la posibilidad de transformarse.

María Martin Montero
Escrito por
María — M3Yoga
Profesora de Yoga y Movimiento Somático. Acompaño a personas que desean recuperar movilidad, sensibilidad y confianza en su cuerpo a través del movimiento consciente.



Durante el mes de julio abriré un recorrido práctico de movimiento somático inspirado en estas ideas.
Un espacio para explorar, desde la experiencia cómo recuperar movilidad, sensibilidad y libertad corporal.

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